ROSILLO, MELANCÓLICO Y FIEL

“Salir es un entrar”, se dice unas líneas más abajo, y esta es una paradoja que define muy bien la actitud de quien contempla, enunciada en términos con regusto de la mística del XVI. Pero no debe pasar de ahí la referencia… Sánchez Rosillo tiene el vuelo racional de Jorge Guillén o la vehemencia conceptual del mejor Juan Ramón, corregidos por lo trémulo de Cernuda y la magia atenta de Machado (aquí tan deliberadamente perceptible en ‘Sueño de una verdad’). Las cosas nos hablan de sí mismas, pero nunca son una vía hacia algo que las trasciende, pese a que -en Antes del nombre- Sánchez Rosillo haya distinguido entre la percepción del alma (cuando “ya no se advierte el parpadeo de las últimas luces del sentir”) y la que nos entra por el corazón, como lo hacen el “sollozo, gemidos, alegría, grito”. Las cosas también cantan (“¿quién dirá que no dicen / nada las cosas…?”), y somos sus contempladores quienes nos preguntamos si “¿sucede la belleza sin nosotros / o la crean los ojos al mirarla?”, o si “¿acaso tendrá sitio en mi estupor / tanta verdad, / verdad que es hermosura?” (lo que, por cierto, es una implícita cita de John Keats, “Belleza es verdad; verdad, belleza. Eso es todo”: una poesía contemplativa rigurosamente secular).
Los dos primeros libros de Sánchez Rosillo se titularon Maneras de estar sólo y Elegías; su obra completa, Las cosas como fueron. No ha desmentido el sentido profundo de esos marbetes en treinta y tantos años de perseverancia. Ahora la palabra “melancolía” menudea en los últimos poemas de Quién lo diría, tanto cuando escribe de un día concreto de su vida (‘Crónica’), como cuando siente el estremecimiento de ayer al recordar a una amiga muerta (‘En la luz de la vida’) y al pintor Ramón Gaya (‘Bajo el sol de la tarde’), o el breve encuentro con una estudiante, con piercing en los labios y unos grafismos chinos tatuados en el cuello. Los años han caído sobre este hombre metódico y silencioso, aunque “estoy a salvo en el ser interior que me sustenta”. Y sigue creyendo que el valle que tiene ante sus ojos –un verde intenso poblado siempre de pájaros, sus predilectos jilgueros, mirlos y estorninos- no es un valle de lágrimas y que el poeta es “alguien que está en el mundo y que lo canta”. Quién lo diría prosigue el dietario poético de su autor en admirable sostenido. Pocos escritores dejan en el ánimo el largo eco que atesoran sus poemas: los que se resuelven en cuatro versos, certeros como un haiku, o los que necesitan de una veintena y recobran, en hermosos endecasílabos, el aliento de la oda.
JOSÉ-CARLOS MAINER, Babelia, El País, 06 de enero de 2016.
Quién lo diría, Marginales (Nuevos Textos Sagrados), 291, Barcelona, Tusquets Editores [octubre], 2015, 152 pp.; 2ª ed. [noviembre], 2015; 3ª ed. [febrero], 2016.
FRAGMENTO
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